REACCIONES PSÍQUICAS ANTE LA ENFERMEDAD FÍSICA DEL NIÑO.- María Esther Díaz Rodríguez

Propongo en este mes que inicia el 2021 la lectura de un texto de fácil comprensión y que intenta
abarcar las múltiples circunstancias que pueden darse en una familia por el encuentro con la
enfermedad de un niño o adolescente, así como las repercusiones en la salud mental del enfermo y de
todos los que están alrededor.
Todas y cada una de las situaciones que expone la autora, Dra. María Esther Díaz Rodríguez, hacen que
nos tengamos que ubicar ante la enorme dificultad que conlleva para los protagonistas encarar la
enfermedad orgánica y el inevitable sufrimiento físico y emocional. Depresión, sentimientos de
frustración, agresividad, negación, regresiones, ambivalencia, culpabilidad…. Podemos decir que son
prácticamente inevitables en mayor o menor grado. Pero ahí es donde es importante estar atentos.
Cuando el enfermo es el niño, en sus diferentes edades, la familia entera experimenta una convulsión
emocional que es preciso tomar en consideración para poder ser útiles, desde nuestro lugar profesional,
a todos los implicados.
Con respecto al niño, en función de las diferencias individuales, necesitará ser escuchado, ser entendido
y ser “hablado”, tanto por los padres como por los profesionales (médicos y otros). Una de las variables
más evidentes a considerar es la edad: en todas las edades hay algún modo de llevar a cabo de forma
más adecuada esta tarea. Y puede ser muy difícil y muy delicado encontrar el “modo más adecuado” y
las palabras justas. Cada niño vive de forma diferente, subjetiva, su enfermedad. Es necesario prestar
atención a las fantasías en juego.
Atender a los padres, que implicados emocionalmente como están en la situación sobrevenida por la
enfermedad, necesitarán también escucha, diálogo, orientación, contención. Y que evolucionarán con el
transcurso del tiempo en su forma de encarar y vivenciar lo que vaya aconteciendo.
Acompañar a los profesionales.
Los médicos tienen una tarea inmensa y difícil en sus manos, a la que se añade la complejidad que
conlleva ser depositarios de expectativas tal vez ilimitadas. Cómo transmitir las informaciones -a veces
terribles- a los pacientes (¡niños o adolescentes!) y sus familiares; qué información es necesario dar,
cuándo y cómo; pero además ellos precisan recoger datos para poder encarar más adecuadamente las
intervenciones. Es preciso pensar, acompañar, modular la relación paciente-médico-familiares, relación
atravesada siempre por fuertes y complejos afectos, movilizados por las circunstancias.
Otros profesionales tanto sanitarios como de otro campo, también pueden ser fundamentales a la hora
de proporcionar apoyo y contención.
Los profesionales de la salud mental en algunos casos serán imprescindibles para ayudar a elaborar las
vivencias cuando la situación lo requiera. Son los profesionales a los que les compete tomar en cuenta el
funcionamiento psíquico, los aspectos psicosomáticos, de los pacientes enfermos orgánicamente, para
intentar comprender las condiciones en las que ha podido llegar a desarrollarse la enfermedad somática.
También les concierne preparar, asesorar, acompañar, escuchar y hablar cuando la muerte hace acto de
presencia en la vida de los niños y adolescentes. Múltiples posibilidades y circunstancias pueden darse, y
el artículo nos pone frente a muchas de ellas.
Además de recorrer las enfermedades posibles, la autora nos ilustra sus reflexiones con algunos
ejemplos clínicos recogidos de su experiencia profesional.
Comparto totalmente una frase del artículo: “No se aprende de la experiencia, sino de la reflexión que
se hace sobre ella”.
Espero que sea estimulante esta lectura para estar siempre abiertos a una serena reflexión sobre
nuestras experiencias profesionales.

publicado en el nº 51 de septiembre 2002

Ver artículo